viernes, marzo 03, 2006

Dialogando con mis deseos


¿Palabras? ¡Detente! escucha el silencio y ahora dime si no es armoniosa su melodía, niégame que las miradas son más que letras formando una frase.

¿Por qué te vas? No agaches la mirada que estás a punto de delatarte.

¿Tienes miedo? Ya conozco tu secreto, aquel que has acallado durante algún tiempo, aquel que no te deja crear, aquel que no te da espacio a soñar.

¿Me lo preguntaste? No, la fachada siempre pudo más, la apariencia y la terquedad son tus aliados.

¿Mis acciones? No son más que coreografías corporales que no se conjugan con mi sentir.

¿Me ves? Yo también lo hago, nunca lo dejé de hacer.

¿Tú y yo? Dos cuerpos a contraluz, infinitamente próximos el uno del otro, escabulléndose de la carátula presente de un pasado casi arrinconado en la gaveta del olvido, de un orgullo absurdo, maestro y contemplador fiel de tanta deslealtad y falacia auto-infringida, que aunque inconciente, dañina.

¿Interrogantes? Ciertamente creo no evidenciar el peso de los actos sin sentido, pertenezco a la porción reflexiva de la raza humana, me lío en una riña analítica, sobornando lo incorrecto, racionalizando los sentimientos, declarándole la guerra a los impulsos, deambulando entre la incertidumbre del querer y del deber, de lo bueno y lo malo, del ser y del querer ser. Es mi esencia, soy yo.

¿Quién puede más? Cuando el sonido de aquel que por muchos años fue sosegado, lucha por retumbar rimbombante en una razón aturdida, no hay mayor sabiduría que dejarlo desatarse.

¿Así se sentía? El monstruo tenebroso fue vencido, nada era tan escalofriante, nada era tan sombrío.
¿Sintámonos una vez más? El sello fue infinito, aunque delimitado, la unión armoniosa. De un momento a otro nos encontrábamos sumergidos, perdidos dentro de un área conocida, sin querer encontrar la salida, sin siquiera sentir las ansias de huir. La eternidad asemejaba un segundo cronometrado por nuestras manos recorriendo los recuerdos, observando la felicidad, acurrucándonos con el anhelo de la reconciliación, arrodillándonos ante la dulzura.

¿Cobardía? Que mejor fortaleza que deslumbrar con la nobleza de la desnudez de un sentimiento.

¿Lo logramos? Sólo pusimos sobre la mesa las cartas sentimentales, impulsivas, apasionadas, guardadas en la caja de la torpeza y del delirio de grandeza.

¿Qué significa esto? Descansemos frente a la travesura de vivir sin titular

¿Se repetirá? Disfrutemos del instante, pensemos en que no hay mañana, creamos que el último minuto es este.

¿Juntos otra vez? Aún no se ha dicho la última palabra.

¿Un reencuentro? La ansiedad me carcome, me aquieta la esperanza.

miércoles, marzo 01, 2006

El juego de los astros

Tú y yo al compás de la danza de un imán poderoso que luchaba contra los razonamientos hasta ese entonces lógicos, de una realidad que cada uno estaba pronto a desatar. El ceder no formaba parte del sin fin de términos desprendidos de mi persona, sin embargo su significado se posaba con mayor seguridad en cada uno de mis afanes. Coloquios extendidos traían al presente maravillas ocultas en el pasado, ese pasado que hoy se transparentaba como preámbulo ansioso de un nuevo comenzar ¿Comenzar? Un emprender abrupto, repleto de desniveles, difícil de andar, por lo que lo convertían en un transitar lento, fatigoso, en donde la neblina no tardaba en aparecer luego de cada paso que se daba, pasos de locura, de infinita inseguridad, de absoluto temor, pero que el envoltorio luminoso de amor, los volvía cada vez más firmes.

¿Eres tú? Quizá es una imagen semejante que se me presenta haciendo eco de mis deseos no expresados con libertad, pero que curiosamente se encontraban perfectamente conjugados en esa nueva efigie.

¿Acompañémonos? Fulminante lluvia de excentricidades estallaba, dos astros de galaxias incompatibles huían de sus órbitas adoptadas recientemente, debido a una energía que los había impulsado a seguir sendas disímiles, avanzaban juntos hacia recintos floridos, llenos de estrellas, repletos de colores, de escándalo. Husmeaban por entre la luminosidad de sus miradas, no querían encontrarse porque podían perderse entre ellos mismos, la fuerza magnética no los dejaba en paz, debían mantenerse cerca, la suavidad del aura masculino le rodeaba y la interrogante persistente de su conciencia sigilosa vuelve: ¿Eres tú?

Cualidades al azar, sin ninguna conjugación cautelosa me bombardeaban, cada una de las sensaciones ahogadas en mi anatomía hasta ahora sellada dentro de una burbuja, permanecían en absoluta discreción, en una suerte de estupefacción frente a tanto perfeccionismo, nuevamente ese epígrafe confuso, demasiado alentador para mi verdad.

Un desfile de emociones me invadía, cada una ordenada detrás de la otra, haciendo gala de lo no dicho, de aquello que se encontraba preso dentro de lo concreto.

Sólo la luna era cómplice de dichosos astros jugando a ser amigos, jugando a seguir una vida sin el otro, jugando a no quererse, jugando a circunscribirse dentro de uno mismo, jugando a acompañarse sin hacerlo, jugando a decir sólo con las caricias. Eran tan especiales las veladas. La comodidad, la ternura, el convencimiento, eran los anfitriones ya contratados de cada reunión. Otras constelaciones le observaban, le rodeaban, le quitaban lugar a tanto despliegue de afecto, sin embargo el momento era sólo de ellos. Ella le contemplaba absorta, la interrogante ciertamente aún le carcomía, pero no era tiempo de indagar ¿O sí?

Un encuentro más y ya era absurdo que tanto arrojo no diera frutos, el magnetismo era impresionante y el encantamiento aún más, la lógica ya no funcionaba, existían atisbos de nuevos matices en su personalidad, una actitud innovadora, simpatizante con la de ella, se rememoraban los tiempos primeros, esos en que nada importó, esos en que la felicidad les rodeó, hasta el momento de la catástrofe en que se ampararon en rumbos desiguales. La privacidad del encuentro fue la señal para dar el siguiente paso, el que esperaban, pero que sólo él manifestaba, mientras que ella prefería esperar.