Cubriéndome de desilusión
Sueños, alegrías incesantes, amor ¿o no? Nada parecía acallar el cántico glorioso del aparente romanticismo innegable, nada se permitía cruzar la delgada frontera entre una realidad falsificada y una falacia verdadera, entre las acciones fingidas sobre un fondo de colores y el torbellino oscuro en medio de tonalidades grises. De pronto una vocecilla empapada de osadía se hizo escuchar, su prosa clamaba verdad, esa verdad frente a la cual los oídos se hacen sordos y es mejor voltear para no conectarse con aquellas pupilas claras que amenazan con destrozarme lentamente, con acabar con promesas e ilusiones pintadas allá a lo lejos.
¡No escucho! No quiero hacerlo, no pronuncio palabra alguna, mi rostro impávido, seguido por una figura que yace inmóvil frente a ti, te incita a hacer eco de tu discurso una y otra vez ¿Nunca supiste que bastó la secuencia primera para reconocer aquello que quizá pensé, pero de lo cual no me hice cargo y deseché cual basura? ¿Acaso piensas que mi aparente fortaleza era tal? Ya no recuerdo cuantas veces lo oí , tenía un corazón hecho trizas, un pecho anudado en su más mínima expresión, una mente teñida del más sombrío vacío, una manos que se acariciaban la una a la otra totalmente inconcientes… ¿Qué sucede?
Bruscamente vuelvo en mí mientras percibo que te desapareces por entre la gente. Que más odiosa sensación que aquella que nace del no sentir, de dejar de respirar por unos segundos ya que por instantes tu mente cree que ya no es necesario, que todo acabó. Pero me incorporo, mi orgullo me tiende una mano y me acompaña a continuar, a sonreírle a la desgracia y a despreciar la felicidad ¡maldita felicidad ingrata, como me abandonas! Y la vi partir, desde lejos noté como me despojó de nada, que era mi todo, sólo eso bastó para desmoronar esperanza alguna de quimeras próximas.
Las luces me cegaban, personas pasaban a mí alrededor, pero yo no estaba, deambulaba con mi orgullo. Se acerca a mí una extraña aparición en situaciones de catástrofe, torpemente trataste de reconstruir un presente pisoteado por el trago amargo de la mentira. Pero ¿existe un presente? O será que sólo hay un pasado y un futuro, no, no es momento de filosofar sobre los tiempos en los que transcurre mi existencia. Tu ineficacia era evidente, mas no lograba abandonarte, los celos de mi orgullo eran tales que por un momento sentí su lejanía, lo convenzo de que sólo se trataba de un juego, un coqueteo absurdo, digno de un intento desesperado por sentirme alguien. Me mira con incredulidad, y con desgano emprende retirada.
¿Será esto una pesadilla? Mis párpados se cierran y abren tratando de ocultarme lo que acaecía, se los agradezco, sin embargo poco a poco comencé a desligarme de las sombras que por momentos me nublaron por completo, por fin comprendía.
Ya sin mi orgullo el camino se tornaba pedregoso, un superficial aparato me revelaba mensajes incongruentes con el momento vivido, como presagio de que algo me ocurría, reflejando un resguardo infundado. Sólo lancé la veracidad de lo sabido, encubierta por la ironía, creyendo haber maquinado una obra de intimidación fatal. Error, una carcajada irrumpió insolentemente a mis ganas de hundirte y desmoronarte de una vez.
Conciliar el sueño no fue una tarea sencilla, la ansiedad me corroía, la esperanza de una tamaño embuste me acunaba y junto a ella logré adentrarme en espacios inconcientes.
El sol iluminó un nuevo comenzar, escucharte negar lo que por ningún momento abandonó mi pensar era mi gran consuelo, mas sólo hubo auto-ilusiones tranquilizantes quebrantadas. El minutero avanzaba con mayor velocidad ante mi mirar acelerado, el artefacto que nos unía parecía acercase, flirteando descaradamente con mis ansias de contactarme con las palabras de aquella imagen ausente, pero presente, hasta ese entonces. De un momento a otro lo sostenía entre mis manos, un sonido intermitente anunciaba que pronto cruzaría mi decepción con tu aparente sorpresa. Saludaste con evidente distancia, transmitiendo una actitud de protesta, cuya génesis se hallaba en el intercambio agresivo de ideas que había desembocado en la partida individualizada de dos almas unidas… ¿unidas? Pronto me encontrada descubriendo un embrollo que no debía, ya que la lógica daba como consecuencia la negación absoluta de la parte masculina de este triángulo de intrigas, por lo que la ecuación daba un resultado absolutamente desfavorable para quien la trataba de resolver, yo. Desde luego la pre-configuración de secuencias se trasladó al otro lado del auricular y parecía desvanecerse al fusionarse con la barrera de mis cuestionamientos, sin embargo las ganas de que aquel vendaval de defensas lograra vencer, terminó por enmarañarme ¿Qué más sencillo que escudarme en la realidad del pasado ante el cual había tumbado el obstáculo impuesto por mi imponente razón?
Culminé mi telaraña de confusiones aferrándome a la cruda destrucción, al desamparo. Las asociaciones con las actuaciones plasmadas en tu hoja de vida, hicieron conectarme con mi antigua identidad, aquella racional, analítica, realista. Bajé de las nubes para anclarme en el cemento crudo de la autenticidad y me empapé de mi misma, de mi fortaleza y del vulgar olvido, que lucha con parchar el pasado, mostrándote nuevas opciones. No, sendero equivocado, era más indicado llorar el error, días, tardes, noches, si es necesario, para luego mirar el futuro con los ojos limpios por las lágrimas del sufrimiento.
Pasó el tiempo y tu promesa aún no era cometida, repentinamente apareciste, tratando de anular cabalmente todo lo que ya había reflexionado en aquellos instantes en los que te esfumaste para fraguar un parlamento creíble ante mis razonamientos incesantes. Venturosamente no me doblegué ante una embestida de halagos, me mantuve invariable, recelosa, tomando cada una de las balas de supuesto amor y devolviéndolas con la mayor de las iras.
¿Por qué esquivas la mirada? ¿Allí se alberga la verdad? ¿Es por eso que tanto demoraste en dialogar mirándome a la cara? Aquel intento fallido, en donde supiste por terceros sobre mi paradero, sólo te dio plazo para engalanar aún más tus palabras. Me viste ahí, con otro, pasaste por mi lado y parecíamos dos perfectos desconocidos. Era el suceso esperado para haberme convertido en la malvada de la historia, la característica bruja perversa del cuento de hadas y tú el pobre chiquillo amenazado. No tuviste piedad ¿cierto? Sacaste desde tus entrañas aquel orgullo sosegado por algunos meses, pero perdido nunca, lo utilizaste en mi contra, restregaste en el rostro una y otra vez un error, un pequeño tropezón ni siquiera planeado, pero era tu momento, sólo te dejé aligerarte, estabas siendo por primera vez tú, no había alhajas, era nada más que tu esencia, bendita esencia, esa que el exterior se encargaba de recordarme y que mi memoria a largo plazo guardaba en el inconciente. Más tarde tu arrepentimiento te consumió, te hizo llegar a mí, y mi aceptación me auto-informó que no había sido suficiente. Precisaba de tu presencia, de que tu voz fuese la culpable de nuestro desencuentro, que tus manos poco gesticulantes dejaran entrever lo que ya tenía claro, pero necesitaba asegurar, que tus ojos siempre huraños me delataran por vez primera la verdad, y así fue, bastó que la sostuvieras con la mía, sólo unos segundos, para desnudarte por completo. ¿Me sorprendió? En realidad siempre lo supe, quise hacer de cuenta que eras aquel príncipe del cual por un tiempo me jacté, recubrí con el más verde paraíso el infierno de tu estadía en mi vida, pero claro, no podía durar para siempre, las flamas comenzaron a arrasar con el lugar, pronto todo tenía que volver a su sitio.
“Trata de combatir una mentira con una verdad, la mentira se desvanece, ahora trata de combatir una verdad, con una mentira, hazlo con todas las que desees, la verdad se logra defender, como sea” Recuerdo que el silencio provocado por dicha afirmación, fue cuando sentenciaste implícitamente que era poseedora del saber.
No hace falta que enuncies frase alguna, esto se terminó.
Cada uno emprendió camino con su verdad a cuestas, íbamos uno al lado del otro, nadie emitía palabras. Súbitamente los movimientos se separaron, la despedida no existió. Sin pensar en el que dirán solté mis emociones reprimidas en un llanto silencioso, mis manos revistieron mi semblante y pronto te abalanzaste sobre mí. No te habías ido, seguías ahí, observabas mi espectáculo desesperado, no quería estar de nuevo entre tus brazos, pero lo necesitaba. El fantasma de mostrarme vulnerable se hizo presente una y mil veces, pero allí me encontraba, sobre tu hombro, derramando lágrimas de desconsuelo, de decepción, de rabia y te acariciaba el dorso, en algún momento pensé que también lo requerías, que a pesar de todo, perderme te era devastador.
Transitamos como dos personajes a los cuales los unía una amistad de años, al observarnos nadie se imaginaría que acabábamos de vivenciar la más cruel ruptura, jamás experienciada en mi vida, correlacionada perfectamente con la novedad del intenso sentimiento.
Aquí es donde detengo mi andar, adiós.


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